4 Allocutios para Abril PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Miércoles, 27 de Mayo de 2009 13:06
Del libro "Charlas a los legionarios" editado por el Comitium de Oruro, Bolivia el año 2000.

59.  ALEGRÍA DE LA PENITENCIA.

ALEGRÍA DE LA PENITENCIA LEGIONARIA

1.         El primer título no es mío, es de San Agustín: alegría de la penitencia. Acentuemos primero con San Francisco LA PALABRA alegría. San Francisco ha sido llamado "el más alegre de los santos y el más santo de los alegres". De él escribe su primer biógrafo: "por alegría ex­terior entendía el Santo la prontitud del alma para practicar el bien". De esta alegría hablamos aquí. Subrayemos luego la palabra peniten­cia, entendiéndola en el sentido que le daba Pablo VI al que hemos llamado comúnmente "el sacramento de la confesión" y más propia­mente es, en ésa definición del papa Montini "el sacramento de la penitencia", es decir "de la conversión", "del cambio de vida", y por creerlo más expresivo de esa transformación espiritual, prefería el vocablo griego metanoia, es decir, una conversión, un cambio de vida ra­dical y total. Si lo damos de verdad, experimentaremos el regocijo espiritual, la alegría de Dios y con Dios.

2.         Apliquemos esto a la espiritualidad legionaria. Uno de los párrafos más nucleares de nuestro Manual es el punto 2 del capítulo 11, sobre la estructura de la Legión de María: una estructura, un sistema intensamente exigente, con un espíritu de puntual observancia de to­dos los detalles. La llamamos disciplina, y podemos llamarla, con el concepto positivo precedente, penitencia legionaria, conversión perma­nente y progresiva del legionario mediante esa disciplina espiritualizada.

Es también disciplina en cuanto mortificación, muerte del egoísmo y de la comodidad. Pero es mucho más, asegura la santidad cristiana mediante once virtudes que son ejercicio de la prontitud espiritual y tienen como fruto esta hermosa alegría: la alegría de la intrepidez en los trabajos, hasta heroicos, la alegría del olvido humilde de sí mismo en beneficio de los demás; la alegría de la puntualidad y de la dis­ponibilidad, la alegría de vivir al servicio amoroso de María y con el gozo operativo del Espíritu Santo. A mayor fidelidad legionaria, más alegría legionaria. No lo olvidemos, hermanos, proporcionémosles esa alegría a Dios y a nuestra Reina y Madre María, para que sea lo que la llamamos: "Causa de nuestra alegría". Amén.

60. LA SUPREMA REVELACIÓN DE JESÚS

En un sentido, todas las revela­ciones de Jesús son supremas, altí­simas, porque son divinas: Él, Dios humanado, vino a revelarnos la Ver­dad de Dios sobre los hombres. No es que Dios no se la hubiera revela­do antes al hombre, pues lo hizo por su Espíritu Santo en el Antiguo Tes­tamento, con el decálogo y con tantas manifestaciones suyas en los libros sagrados.

Pero esta revelación de que ha­blamos hoy es «la suprema», la más sublime de todas. Más aún: es la fuente de todas las demás. Sin Je­sús, el hombre no la hubiera conoci­do jamás: Dios es el verdadero Pa­dre de «todo hombre que viene a este mundo» (cf. Jn 1, 9). Pero, fun­damentalmente, la primera gran re­velación de Jesús es Él mismo. Él se ha hecho hombre para afirmar pala­dinamente, y para probarlo con sus milagros y con el prodigio de sus su­blimes enseñanzas y con la prueba suprema de su resurrección, que era -es- el Hijo de Dios, el Hijo eterno del eterno Padre.

Como Hijo del Padre y de María Virgen, nos revela que Dios, su Pa­dre, es también nuestro Padre, y que realmente nos ama como lo que es, Padre nuestro. Ya en el seno miste­rioso de la Trinidad, el Padre es -con una palabra del Concilio- «el amor fontal», del que brota desde siempre El mismo como Hijo, y de los Dos procede el Espíritu del Amor, el Espíritu Santo. Una vez en el mundo -y para estar ya siempre en él- nos traslada a los hombres el miste­rio del amor trinitario: nos hace uno con Él en su condición de Hijo del Padre (cf. Jn 17, 21), hijos de su Pa­dre celestial en Él y como Él, Él por naturaleza, nosotros por la gracia de la adopción. San Juan nos lo dice así de claro, así de bien: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, ¡pues lo somos!(1Jn 3, 1).

Y no terminemos de hablar del Pa­dre sin recordar a la Madre, de este Jesús y nuestra: «¡Dichosa María, la mujer que nos dio a Aquél que nos da como Padre a su propio Padre!»

61. LA MISERICORDIA DE DIOS PADRE

Una de las expresiones más plenas del último Concilio es llamar a Dios amor fontal, el amor-fuente de todo otro amor. Hoy vamos a hablar de ese eterno e infinito amor fontal en la Per­sona del Padre. Lo es en el mismo seno de la Trinidad, como principio sin principio de su amor al Hijo y de los dos al Espíritu Santo; pero, en su ca­racterística de amor misericordioso, vamos a verlo descender y llegar has­ta nosotros, sus pobres, débiles y pe­cadoras criaturas. Y vamos a hacerlo en una mirada de conjunto, contem­plándolo como en una cascada múlti­ple. Tiempo tendremos durante el año de verlo al detalle.

El manantial eterno de este amor di­vino misericordioso es el Padre, con el Hijo y el Espíritu Santo. Y la primera «caída» caudal que el Padre nos en­vía y el Espíritu hace presente entre nosotros es la encarnación del Verbo en el seno de María, compadecido de nosotros, hecho uno como nosotros, anonadado y entregado compasiva­mente hasta la muerte por nosotros. Según Juan Pablo II, Cristo es real­mente la misericordia encarnada del Padre. El mismo Jesús lo afirma: Quien me ve a mí, está viendo al Padre(Jn 14, 9): en la misericordia humana de Jesús se refleja de maravilla la miseri­cordia divina del Padre.

La segunda «caída», en esta prodi­giosa cascada, lleva el nombre de María. Y no sólo porque en Ella brotó para nosotros, sino, más aun, porque el Pa­dre puso en Ella cuanto en Él hay de amor característicamente materno -ternura, comprensión, compasión, ina­gotable paciencia...-, para amarnos Él en Ella como una Madre. El mismo papa viene a llamar a María una encarnación materna de la misericordia de Dios.

Desde ese momento, las ramifica­ciones de esta cascada divina, a tra­vés de los siglos y de las generaciones, son y seguirán siendo innumerables. Una de ellas, preciosa y fecunda, es nuestra Legión de María. Una de nues­tras definiciones más propias es ésta: «somos esencialmente una prolonga­ción de la maternidad espiritual de Ma­ría para con cada uno de los hombres» (M. 6, 3); es decir, cada legionario de María, una prolongación de su amor maternalmente misericordioso.

Esto es lo nuestro, hermanos, para con todos, siempre: hacerles llegar en Cristo Jesús, con María, por el Espíritu Santo, el amor misericordioso del Padre.

62. MARÍA, ENCARNACIÓN DE LA
MISERICORDIA MATERNA DE DIOS

El título más propio de esta Allocutio es quizá: María, encarnación de la Mi­sericordia materna de Dios. Es un tema atractivo, apasionante, hasta novedoso. Lo voy a desarrollar al hilo de unas ide­as de Juan Pablo II en su encíclica «Di­ves in misericordia», número 9.

La Misericordia divina encarnada es plenamente y solo Jesús, el Dios hecho carne en María, y he aquí ya la prime­ra nota mariana de la misericordia divi­na, y la destacaba san Agustín: «Caro Christi, caro Mariae», la carne de María por el Espíritu Santo se hace en Cristo un ser humano divinamente misericor­dioso. Así de sencillo y sublime: María viene a ser la Madre de la Misericordia divina, y desde ese momento queda se­llada como Madre de la Misericordia. Ella lo experimenta como nadie y lo can­ta agradecida en su Magníficat: «El Po­deroso ha hecho obras grandes por mí», consciente de que en Ella, por su Hijo, la Misericordia de Dios llega a sus fieles de generación en generación». Madre de esta Misericordia divina para todos, para siempre.

Toda la vida de María no es sino una fidelidad a este misterio, a esta misión que le une indisolublemente con Cristo Redentor desde la Anunciación y la Pre­sentación hasta su consumación en el Calvario, con Ella adherida a Él, firme al pie de la cruz; nadie como Ella ha com­prendido y vivido este misterio divino de entregar la vida, con amor y por amor misericordioso, Jesús como Salvador, María como su Madre, y Él se lo pagó haciéndola allí Madre nuestra. Demos un paso más en el tema, el Papa está seguro y nosotros con él de que «esta Madre de Dios, con su co­razón materno, con su sensibilidad par­ticular, tiene especial aptitud para lle­gar a todos aquellos que aceptan más fácilmente el amor misericordioso de parte de una madre». El mismo Vati­cano II dice: «Con su amor materno cuida a los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peli­gro y ansiedad hasta que sean condu­cidos a la patria bienaventurada» (LG 62). Hace más de medio siglo nuestro Cardenal Gomá lo expresaba bella y propiamente: «Todo lo que en Dios hay de amor, característicamente: materno-­ternura, vela con comprensión y bon­dad; lo ha puesto en María para amar­nos Él en Ella, como una madre», como Madre Misericordiosa.

 

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