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4 Allocutios para el mes de Octubre: Los ángeles en la vida del legionario, El misterio de ser hija y madre, María Madre de Dios hijo y Nueva Eva, Ser santos ¿porqué? ¿para qué?
35. LOS ÁNGELES EN LA VIDA DEL LEGIONARIO
Pocos elementos dogmáticos han entrado en crisis tanto como los ángeles. Y no sólo en crisis devocional, sino en la duda y hasta en la negación de su existencia, aun dentro del campo católico. En ambos frentes debe desarrollarse nuestra acción legionaria.
Porque ser legionario de María es ser medularmente católico. Y la fe católica en la existencia de los ángeles pertenece al depósito de la Revelación, y, como tal, está apoyada en este trípode inconmovible de la misma Revelación: la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio.
Dan fe de esa fe el Antiguo y el Nuevo Testamento, aun dejando al estudio y a la interpretación de algunos pasajes a los exégetas. Y es indudable que Cristo "creyó" en los ángeles como seres espirituales personales. Y en los ángeles creyeron los apóstoles (Hechos, cartas...). Y en los ángeles creyó la Iglesia primitiva, receptora de la fe apostólica.
La Tradición viva de la Iglesia mantuvo esa fe, que llegó a ser declarada como dogma en el Concilio de Nicea (año 325), en el de Constantinopla (a. 381) y en el IV de Letrán (1215), con fórmulas que pasaron al Concilio de Trento y al Vaticano I. También el Vaticano II expresa esa fe. Y la liturgia actualizada conserva dos fiestas de los ángeles, y los tiene presentes en los prefacios de la Eucaristía: y ya se sabe, "la norma de orar es la norma para creer.
En cuanto al Magisterio ordinario de los papas, ha sido constante, y baste para todos este texto de Pablo VI en su Credo del pueblo de Dios:
"Creo en un solo Dios, creador de las cosas visibles -como este mundo en donde transcurre nuestra vida fugaz- y de las cosas invisibles, como son los espíritus puros, que también se llaman ángeles".
Naturalmente, la Legión de María se adhiere sin vacilación y con gozo a esa fe católica. La profesa, la vive, la difunde. He aquí un programa para nuestra formación y renovación permanente. No lo olvidemos en nuestra vivencia personal, en las juntas y en el trabajo apostólico. Contamos con la ayuda eficaz de los ángeles custodios, nuestros y de los demás. Contemos de verdad con ellos. Ellos y nosotros, a las órdenes y por el amor y la honra de María Reina, a gloria de la Trinidad.
36. EL MISTERIO DE SER HIJA Y MADRE
Desde que Dios se dignó asumir la naturaleza humana, la vida del hombre forma parte del misterio divino. Pero este misterio, por parte de la humanidad, alcanza su cumbre en María. Lo vamos a ver estos tres meses, en su relación con cada una de las tres Divinas Personas.
Hoy, María y el Padre Celestial.
Para con el Padre Celestial, María tiene, primariamente, una relación de hija. Pero es su hija predilecta: "la bendita (bendecida por Él) entre todas las mujeres", y tanto que desde toda la eternidad la escogió y luego la creó para hacer de Ella la Madre de su Hijo. Por su divina maternidad, "María contrae cierta afinidad (semejanza, igualdad) con el Padre" (Lepecier): el Padre y María tienen como Hijo suyo al mismo verbo encarnado.
Este misterio tiene una versión legionaria. También nosotros somos, desde el bautismo -y fundamentalmente- hijos verdaderos de Dios, "hijos en el Hijo", en este Hijo del Padre y de María. Pero también estamos llamados a ser "madres de Jesús": aquel que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre (Mt 12,50). Y nuestra Legión tiene esto como su carisma peculiar: "es una prolongación de la maternidad espiritual de María para con todos", y particularmente para quienes más la necesitan: pobres, marginados, increyentes (=huérfanos de Madre). Ella quiere -y espera- seguir siendo su Madre, y para serlo se dirige a ellos en la pareja legionaria, en cada uno de sus legionarios.
(Consultar el Indice analítico B del Manual, María.)
37. MARÍA, MADRE DE DIOS HIJO Y NUEVA EVA
El privilegio supremo de María, por el que le vinieron todos los demás, es éste: ser verdadera madre del verdadero Hijo eterno de Dios hecho hombre. Es también el primer dogma mariano del cristianismo, proclamado en Efeso en el siglo IV: María es madre de Dios porque su hijo es Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Y si no cabe dignidad ni grandeza mayor, tampoco cabe unión más íntima de la criatura con el Creador: la unión de la madre con su hijo es aquí la unión de la Madre de Dios con su Hijo Dios; Ella le da la vida a Quien se la dio a Ella; El y Ella "son" una misma sangre, laten con un solo ser, de manera única en los nueve meses de la gestación, pero también luego, siempre: Hijo y Madre "son" un alma, un corazón, un amor...
Y un destino. Cristo, a quien escoge para unirlo a Él, le da parte en su misión. Y El vino como Redentor, y se asoció a su Madre como Corredentora: es el otro hito de la grandeza de María: el nuevo Adán le debió la vida a Ella, y El se lo recompensó haciéndola a Ella la nueva Eva, la Madre de todos los nuevos vivientes.
También nosotros hemos sido y somos privilegiadamente amados y elegidos por Dios: somos en Cristo verdaderos hijos de Dios y de María. Y también aquí se da la ley de la Encarnación y de la Redención:
Jesús, a quien asocia a su naturaleza, le asocia también a su misión redentora del pecado y comunicadora de la vida divina. Esto es ser apóstoles, esto es ser legionarios de María. Seámoslo, en gratitud y en fidelidad.
38. SER SANTOS ¿POR QUÉ? ¿PARA QUÉ?
SER SANTOS
Antes hablábamos de la gracia santificante, que recibíamos en el bautismo y crecía en nosotros por los sacramentos y las buenas obras. Hoy se insiste más en que un cristiano es santo en cuanto cumple la voluntad de Dios, en la paciencia, en la justicia, en el apostolado, en todo. La frase de san Pablo: «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3) es tan verdadera cambiándola así: «Esta es vuestra santificación: la voluntad de Dios».
¿POR QUÉ?
Por eso mismo de que nosotros cristianos, bautizados en Cristo, incorporados a Él, miembros de su Cuerpo santo, que es la Iglesia. Pertenecemos a esta Iglesia santa, y una de dos: o la embellecemos y vitalizamos con nuestra santidad personal, o la afeamos y debilitamos con nuestros egoísmos y pecados. Con unas expresiones del Evangelio: o servimos al misterio del Reino de Dios o servimos al «misterio de la iniquidad».
¿PARA QUÉ?
Para ser unos auténticos legionarios de María. Lo he reiterado con esa selección de textos del Manual al comienzo de la junta: nos incorporamos a la Legión de María para santificarnos, trabajamos apostólicamente por aquello de que «obras son amores (y santidad) y no buenas razones», y sabemos -por principio legionario y por nuestra experiencia personal- que la eficacia de nuestro apostolado (hacer santos a los demás) radica en nuestra santidad personal. Se contagia lo que se tiene, y lo que no, no. María, la Madre santa de la santa Iglesia, nos lo enseñe. |