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La Eucaristía formadora de personas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Administrator   
Lunes, 02 de Marzo de 2009 17:44

Martín Ruiz Ledesma,

Coordinador Diocesano de Renovación Carismática Católica en el Espíritu Santo, Puebla, Puebla. 2004.


La Eucaristía es formadora de personas.

¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes, el hijo de Adán para que de el cuides?.
Apenas inferior a un dios le hiciste, coronándole de gloria y esplendor; Sal 8, 5-6.

Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada. CIC 1.

Dios es amor (1Jn 4,8), y ha querido manifestarlo creando todo lo que existe, pero de manera especial ha creado al hombre al que según el relato del Génesis le puso una atención especial tanto al crearlo como al destinarlo a ser su imagen y semejanza (Gn 1, 26-27; 2,7).
Desde su creación, el hombre es tratado por Dios como persona, a la cual le sale al encuentro para entrar en relación con ella y mostrarle su amor, misericordia y bondad, por ello le dice: “con amor eterno te he amado” (Jr 31,3) . El hombre ó ser humano es persona en tanto que Dios le ha dado las facultades de inteligencia, memoria, voluntad y las cualidades de ser consciente, responsable, libre y creador, estas cuatro cualidades son a su vez capacidades para desarrollarse y crecer.

Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar. CIC 357.

Por ello el hombre se desarrolla mejor como persona en tanto cuanto ocupa sus facultades y cualidades para crecer, madurar, relacionarse, construir, ser solidario, trabajar por el bien común, crear comunidad, amar.
El hombre fue establecido en la amistad con Dios (cfr. CIC 355).

De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de conocer y amar a su Creador" (GS 12,3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma" (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad:

¿Qué cosa, o quién, te ruego, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad?. Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno (S. Catalina de Siena, Diálogo 4,13). (cfr. CIC 356).

Sin embargo la realidad del ser humano es que en todo momento expone su dignidad de persona y se corrompe hasta la muerte por el pecado (cfr. Rom 3,23), en este aspecto, todos somos responsables de nuestro devenir diario y nuestro destino eterno, el pecado rompe las relaciones fraternas, nos esclaviza, destruye la amistad con Dios y con los demás y nos puede llevar hasta la muerte eterna, ¡que terrible mal para el ser humano que teniéndolo todo, nada puede gustar por el pecado! Y lo más grave es que el hombre por si mismo, por sus propias fuerzas y aún con todas sus capacidades, cualidades y facultades no puede hacer nada para salvarse, para aliviar su pena interna, sanar sus heridas más profundas... ¡el hombre no puede salvarse así mismo ni a los demás!.

Pero Dios rico en Misericordia, nos ha enviado un salvador, Jesucristo Nuestro Señor:
“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” Jn 3, 16 –17

Podemos reflexionar en esto meditando la situación del hombre que ha perdido su dignidad de persona y a Cristo que se la devuelve y con creces, para ello propongo el relato del evangelio según S. Marcos sobre el leproso:

“Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas le dice: <si quieres puedes limpiarme>. Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: <<quiero; queda limpio>>. Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: <<mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio>>. Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba en las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a Él de todas partes”. Mc 1, 40-45.

Este encuentro entre Jesús y el leproso, nos invita a revisar con detenimiento la forma en que Dios nos ha ido formando y capacitando para la santidad.

Iniciemos analizando al leproso.
La vida de un leproso –en tiempos bíblicos- era una verdadera desgracia, la enfermedad iniciaba provocando la insensibilidad en el sentido del tacto, de tal manera que una persona cuando tocaba algo –caliente ó frío- ya no notaba la diferencia, después aparecían unas manchas rojizas en la parte afectada que con el tiempo se iban pudriendo y desprendiéndose a tal grado de provocar olores fétidos y repugnancia a la vista; por lo general el leproso no tenía curación, era un ( sãra´at hebreo) “castigado por Dios”, por ello las normas contra el enfermo de lepra eran muy severas:
“El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando:<¡soy impuro, soy impuro!>. todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada”. Lv 13, 45-46.


Como podemos apreciar, las condiciones de vida del leproso eran infames, a tal extremo de hacerle sentir culpable por esa enfermedad, el signo de llevar los vestidos rasgados nos sugiere que era un ser sin dignidad, no le podían llamar “persona” pues había perdido –como Adán en el paraíso (cfr, Gn 3,9ss)-, la imagen divina; ahora era uno que debía sufrir las consecuencias de su vergüenza, debía andar desnudo exhibiendo su pecado, su dolor y sufrimiento; no tenía oportunidades, por “ser impuro” era semejante a los animales más despreciables por los judíos: los cerdos.
Tal era la vida -si así se podía llamar a la existencia del leproso-, que no era digno ni de solicitar el auxilio divino pues no debía orar por andar con la cabeza “desgreñada” -esto es símbolo de que por su lepra había perdido la oportunidad de elevar una plegaria al Creador-, no era digno de Dios por su situación, -recordemos que para orar, el buen judío debía cubrirse la cabeza y hasta la fecha utilizan la Kaepa, que es semejante al solideo episcopal-, por ello el leproso ya no tenía remedio ni salvación en esta vida ni en la otra.


Lo más vergonzoso de la condición del leproso es que debía andar gritando: ¡soy impuro, soy impuro!, y cuando ya no podía hacerlo a causa de la fatiga ó de la misma enfermedad, entonces le colgaban una campana al cuello –como a las bestias-, para que donde se encontrara lo identificaran como impuro por el sonido estruendoso que brotaba de su collar y así correrlo de los pueblos y ciudades –a pedradas si era necesario-.
Pero lo que más le dolía al leproso, era estar solo, el vivir lejos de los demás como un apestado, el no poder platicar con nadie, ni relacionarse con alguien que por un momento siquiera lo pudiera escuchar, no se podía quejar con nadie –ni con Dios pues no era merecedor de tal gracia-; seguramente en muchas ocasiones -de lejos-, contemplaba a su ciudad ó pueblo y lloraba de impotencia recordando las sonrisas de los niños, los saludos de los amigos, las bromas de sus compañeros de trabajo, las palabras amorosas de su mujer, los besos tiernos de sus padres y hasta las discusiones de los vecinos; aunque en muchas otras los maldecía porque lo corrían y apedreaban, porque no estaban con él en estos momentos tan difíciles, porque le habían dado la espalda cuando más los necesitaba, porque lo juzgaron y condenaron a vivir en la soledad, la pobreza, la enfermedad y el llanto; miles de veces se condenó a si mismo y otro tanto hizo responsable de su desgracia a Dios, pues no encontraba explicación a su desdicha; en otros momentos pensaba en una solución: la única para dejar de sufrir y, con rencor se decía a si mismo: “no le importo a nadie, es mejor morir”.

Pero aquel día, el leproso seguramente llevado por la curiosidad ante el murmullo de la multitud que siempre seguía a Jesús, o por los comentarios que se hacían del Maestro; decidió acercarse, debía correr todos los riesgos, pues si de todas formas iba a morir, era mejor quedar en el intento y no seguir viviendo en la misma situación; por ello, esperó hasta que Jesús estuviera cerca, seguramente delante de Jesús iban los discípulos –comentando entre ellos las gratas experiencias y las palabras llenas de sabiduría que brotaban de los labios del Señor-, el leproso se escondió tras de una roca para dejar que pasaran; seguía esperando, cuando de repente, los vítores y porras se hicieron más fuertes, las risas y la alegría de todos los que seguían a Jesús era contagiosa, todos lo querían tocar, saludar, abrazar, extendían sus mantos para que pasara sobre ellos y los niños corrían para que los abrazara y bendijera -muy parecido el ambiente a nuestras procesiones con el Santísimo Sacramento-; de pronto, alguien gritó: ¡un leproso! -que aunque este tuviera nombre, ya nadie se acordaba de él, pues además de la lepra era otra víctima del anonimato que tanto daña a la comunidad-; ¡un leproso! Fueron las voces amenazantes y aterradoras, al instante comenzaron muchos a levantar piedras, otros a correr despavoridos por miedo al contagio, de tal manera que en ese instante quedó el leproso solo, delante de Jesús...


El leproso, lentamente, con temor y humildad –como cuando alguien es vencido- se acercó a Jesús, se postró ante Él -esto contiene toda una lección espiritual de total sumisión y dependencia de Dios-, podemos señalar lo siguiente: con esta actitud refleja la fe y esperanza puestas a los pies del Señor; va a Jesús no por “cumplimiento” sino para tener un encuentro con Él; va, no por “hacerle el favor a Dios” sino por estar necesitado de Él; va, no porque es bueno sino porque el bueno es Dios; va, no porque está limpio sino porque quien lo lava y limpia es el Señor (cfr. Sal 51,4); ¿así es cuando vamos a la Eucaristía?... la actitud del leproso es de someter todo lo que es y todo lo que tiene –su persona-, a Cristo; es ponerse como el barro en las manos del alfarero (cfr. Jr 18,6); este momento de gracia, lo vivimos nosotros también en cada Eucaristía, es ahí donde el Señor que es bueno y misericordioso nos encuentra, por ello debemos tener muy presente que:


Jesucristo “Está presente « sobre todo bajo las especies eucarísticas ». Pablo VI creyó necesario explicar la singularidad de la presencia real de Cristo en la Eucaristía, que « se llama “real” no por exclusión, como si las otras presencias no fueran “reales”, sino por antonomasia, porque es substancial ». Bajo las especies de pan y vino, « Cristo todo entero está presente en su “realidad física” aún corporalmente ». EA 12

El leproso, de bruces a los pies de Jesús eleva una oración –tal vez muy pobre y carente de los grandes discursos y sin el lenguaje florido de un poeta-, pero es su oración, la que se eleva hasta el trono de Dios, la que siempre escucha por venir del corazón y por ser “un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como desde dentro de la alegría” (Santa Teresa del Niño Jesús, ms autob. C 25r).
Esta oración brota del corazón de un hombre que impulsado por el Espíritu Santo le habla a su Dios y Señor (cfr. Rom 8,26-27); en la celebración de la Eucaristía, oramos a Dios y Él nos responde con su Palabra, le ofrecemos con nuestra oración el Cuerpo y la Sangre de su Hijo y Él nos lo da de alimento para esta vida y la eterna.


La respuesta de Jesús es realmente grandiosa –faltan palabras y líneas para describirla en su totalidad-, pero trataremos de descubrir y contemplar a Jesús.
Lo primero que hay que asentar es que Jesús es Dios, es el Hijo amado del Padre en el este que pone todas sus complacencias, es el Verbo que se hizo carne, el Unigénito; por quien todo se hizo y en el que hemos sido elegidos desde antes de la creación del mundo para ser santos e inmaculados en su presencia por el amor; Jesús es Dios y hombre verdadero, semejante a nosotros en todo menos en el pecado; paso toda su vida haciendo el bien, sanando a los enfermos, expulsando a los demonios, proclamando el Reino de Dios y ama al hombre con un amor sin límites; por este amor se sometió en obediencia al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz; por ello Dios lo exaltó y lo glorificó dándole todo poder en los cielos y en la tierra para que toda lengua confiese que Jesús es el Señor para gloria del Padre; este mismo Jesús vendrá de nuevo y ha enviado desde el seno del Padre al Espíritu Santo para que toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor y quien lo reciba se convierta en hijo adoptivo del Padre, pues el Espíritu Santo nos hace exclamar ¡Abbá!, es decir: papito; este mismo Espíritu guía a la Iglesia a la cual rejuvenece y renueva preparándola para la unión definitiva con su Esposo, por eso el Espíritu y la Novia dicen ¡Ven!, y ¡Maranatha!, ¡ven Señor Jesús!. (cfr. Mc1,11; Jn 1,14; Ef 1,4;Heb 4,16; Hchs 10,38; Fil 2,8-9;1Cor 12,3; Gal 4,6: LG 4; Ap 22,17.20).


Se que faltan palabras para describir a Jesús, sólo quiero agregar que Él hizo la promesa de que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20) y la ha cumplido, cabalmente en la Eucaristía:
“Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada”. (Ecclesia de Eucharistia –la Iglesia y la Eucaristía- 6).
Cuando Jesús extiende su mano sobre el leproso, -antes de: curarlo, limpiarlo, devolverle su dignidad de persona, hacerlo hijo adoptivo de Dios y hermano suyo-, lo acepta tal cual es, así como se encontraba, esta gracia de la aceptación como muestra de amor sólo puede venir de Dios; Jesús extiende su mano sobre el leproso como extenderá ambas manos y brazos sobre la cruz para amarnos con el “amor hasta el extremo” (cfr. Jn 13,1); este extender las manos es para ser levantado en lo alto y atraer a todos hacia sí (cfr. Jn 3, 14; 12,32); con su muerte en la cruz ha ganado para nosotros la salvación –principalmente del más terrible de todos los males: el pecado y como consecuencia la muerte-, de su costado abierto sana nuestras heridas pues por sus llagas hemos sido curados (Is 53,5 ); pero este mismo Cristo resucitó al tercer día y está en la gloria del Padre para interceder por nosotros, y desde ahí ha enviado el Espíritu Santo para hacernos hijos de Dios.


La Iglesia es el lugar donde los hombres, encontrando a Jesús, pueden descubrir el amor del Padre: en efecto, el que ha visto a Jesús ha visto al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús, después de su ascensión al cielo, actúa mediante la acción poderosa del Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los creyentes dándoles la nueva vida. De este modo ellos llegan a ser capaces de amar con el mismo amor de Dios, « que ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado » (Rm 5, 5). La gracia divina prepara, además, a los cristianos a ser agentes de la transformación del mundo, instaurando en él una nueva civilización, « la civilización del amor» (discurso en la clausura del año santo 25 de dic. De 1975 Paulo VI.).


En efecto, « el Verbo de Dios, asumiendo en todo la naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11), manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación [...] Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo, revelándole su propia naturaleza ».(GS 22) ... Jesús es el camino a seguir para llegar a la plena realización personal, que culmina en el encuentro definitivo y eterno con Dios. « Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí » (Jn 14, 6). Dios nos « predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos » (Rm 8, 29). Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian también hoy a tantos hombres y mujeres del continente americano. EA 10

Este Misterio de amor es conocido como “La Pascua de Jesús” ó el Triduo Pascual. Misterio al que retornamos en cada Misa:
Cuando se celebra la Eucaristía..., se retorna de modo casi tangible a su « hora », la hora de la cruz y de la glorificación. (Ecclesia de Eucharistía 4).
El Triduum paschale, (Triduo Pascual) está como incluido, anticipado, y « concentrado » para siempre en el don eucarístico.
El acontecimiento pascual y la Eucaristía que lo actualiza a lo largo de los siglos tienen una « capacidad » verdaderamente enorme, en la que entra toda la historia como destinataria de la gracia de la redención. (Ecclesia de Eucharistía 5)
Es en este lugar y momento de gracia en el que todo ser humano es aceptado y ofrecido al Padre Por Cristo con Él y en Él.
Es aquí donde la persona encuentra la razón de su existir y se descubre así misma descubriendo antes a su creador; es éste el lugar de la oración de alabanza y adoración a Dios que es, que era y que siempre será:


“Tú eres grande, Señor, y muy digno de alabanza: grande es tu poder, y tu sabiduría no tiene medida. Y el hombre, pequeña parte de tu creación, pretende alabarte, precisamente el hombre que, revestido de su condición mortal, lleva en sí el testimonio de su pecado y el testimonio de que tú resistes a los soberbios. A pesar de todo, el hombre, pequeña parte de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le incitas a ello, haciendo que encuentre sus delicias en tu alabanza, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti” (S. Agustín, confesiones. 1,1,1).
En la Eucaristía contemplamos el Misterio del amor de Dios, ante el cual, el hombre ha de postrarse en adoración (cfr. NMI 25, 28),
Es en el sacrificio de Cristo donde el Espíritu Santo “hace rejuvenecer a la Iglesia por la virtud del Evangelio, la renueva constantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo. Pues el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús: "¡Ven!" (cf. Ap., 22,17). (Lumen Gentium 4)
Por todo esto y lo que nos falta por descubrir y meditar, -como leprosos que somos-, acerquémonos a Cristo eucarístico, Él sigue con las manos alzadas y los brazos abiertos para abrazarnos, sanarnos, devolvernos la dignidad de hijos de Dios que habíamos perdido por el pecado, Cristo sigue diciéndonos como al leproso: sí quiero limpiarte de todo pecado, sanarte de toda enfermedad espiritual, psicológica y física; sí quiero que estés conmigo en el Paraíso –como al ladrón arrepentido (cfr. Lc 23,43)-; sí quiero que cambies de vida y te conviertas en mi; sí quiero que comas mi Cuerpo y bebas mi Sangre para que tengas Vida eterna (cfr. Jn 6,50.51.53.54.56.57.58); sí quiero reintegrarte a la vida comunitaria donde crezcas y te desarrolles como persona; sí quiero que seas mi discípulo y escuches mis palabras porque son de vida eterna (cfr. Jn 6, 63.68); sí quiero que seas mi apóstol y construyas el Reino de Dios; sí quiero enviarte por todas las naciones a proclamar el evangelio (cfr. Mt 28, 18-20; Mc 16,15-20); sí quiero que vivas en comunidad y construyas mi Iglesia que es mi Cuerpo donde todos son miembros unos de los otros (cfr. Rom 12; 1 Cor 12, ) sí quiero darte del “Agua Viva” que es el Espíritu Santo para que te guíe y te haga santo (cfr. Jn 7,37-38; 1Tes 4,13); sí quiero que me contemples en comunión con los ángeles, los santos y María mi Madre en el cielo; sí quiero venir por segunda vez para terminar de hacer nuevas todas las cosas (cfr. Ap 21,5); sí quiero...
Esta es la afirmación de Jesús... y tu, ¿quieres?.


Para culminar nuestra formación como personas, Jesús mismo nos reintegra a la vida en Comunidad -ya el leproso no vive fuera, ahora está dentro-, Cristo ha tomado su lugar y Él será quien tenga trabajo para “entrar a las ciudades”, pero siempre estará esperando al que lo busque para sanarlo e injertarlo en la Comunidad de los salvados: la Iglesia (cfr. Hchs 2, 47).
La persona se realiza en la vida comunitaria, ahí crece, se desarrolla, se forma, convive, ora, da fruto, es solidario, comparte, es generoso, apoya a sus hermanos, permanece en Cristo (cfr. Hchs 2,42.44-45; Jn 15; 17); se acompaña y vive pues “no es bueno que el hombre esté solo” (cfr Gn 2, 18); la vida en comunidad sólo es posible con el poder del Espíritu Santo que nos lleva a vivir la espiritualidad de la comunión:


Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo.
¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.


Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.
Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.


Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.
En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. NMI 43.
El espíritu Santo se nos ha dado desde el día en que fuimos bautizados, en todos los sacramentos, en los momentos de gracia como cuando oramos, meditamos la Palabra de Dios, servimos a nuestros semejantes, hacemos obras de caridad, buscamos la paz, luchamos por la justicia, defendemos la Verdad; este Espíritu habita en nosotros como en un Templo (1 Cor 3,16); nos mueve y guía (Rom 8,14), nos hace reconocer a Jesús como Señor (1 cor 12,3), a Dios como Padre (Rom 8,15), nos hace santos; construye en nosotros y con nosotros el “Cuerpo místico” de Jesús (cfr. Col 1,18) da los carismas para edificar la Iglesia y el Reino de Dios en este mundo (1 Cor 12,4ss); nos enseña a orar (Rm 8,26-27) nos hace Hijos de Dios y por tanto personas con la capacidad de entrar en relación con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y con nuestros hermanos. Y el Espíritu Santo se nos da de manera especial en la Eucaristía.


”La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” . (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 5.).
Por ello debemos reflexionar y responder:
¿Qué debo hacer para vivir y celebrar mejor la Eucaristía, ya que en ella me encuentro con Cristo y con su Cuerpo místico que es la Iglesia?
En los movimientos y asociaciones laicales ¿Cómo debemos prepararnos para que la Eucaristía nos transforme en el Cristo Total –Cabeza y Cuerpo?
¿Qué hacer para llevar a todo “leproso” al encuentro con Cristo y la Iglesia, en la Eucaristía?.
Quiero terminar este tema compartiendo dos testimonios:


El primero se refiere a uno de los miles de mártires de los primeros siglos de la Iglesia, cuando tenía que esconderse en las catacumbas para celebrar la Eucaristía, en una de tantas reuniones, el celebrante –que ya era buscado por los soldados por profesar la fe cristiana-, tenía necesidad de enviar la Sagrada Eucaristía a unos enfermos que no habían podido asistir a la celebración, pero la mayoría de los asistentes eran conocidos y estaban vigilados, así que él buscó un voluntario que pudiera realizar tan difícil y arriesgada tarea, se ofreció un niño de entre 12 y 14 años llamado Tarcicio, a quien después de darle muchas recomendaciones el buen sacerdote lo envió con el sagrado Viático escondido entre sus ropas, pero no había avanzado mucho en la calle, cuando unos muchachos que lo vieron quisieron saber que llevaba con tanta devoción, pues Tarcicio llevaba cruzadas sus manos sobre el pecho donde llevaba al Santísimo Sacramento.


Al grito de ¿qué llevas ahí?, lo detuvieron y comenzaron a forcejear con él, quien heroicamente resistió los embates, empujones, golpes con palos y piedras y nunca abrió las manos para que le quitaran la Hostia Santa; cuando estaba agonizando, llegó hasta él el sacerdote, al que alguien le avisó de los sucedido y se imaginaba lo peor, inclusive que hubieran profanado el Cuerpo de Cristo; grande fue su sorpresa cuando Tarcicio extendió sus manos y le entregó el Cuerpo del Señor diciéndole “primero me quitan la vida antes que robarme a mi Señor”, así descansó en el Señor.


Esta otra vivencia es de uno de tantos hermanos “tocados” por la gracia de Jesús Eucaristía. Su nombre es Prudencio, él se había separado de su familia y durante algunos años vivió solo y por tal condición se dejó arrastrar por el pecado -aunque Dios siempre le mostró su misericordia-, un día tuvo un encuentro con Jesús por la predicación de un pastor protestante, él desde entonces estaba muy inquieto en incorporarse a la secta de “amistad cristiana”, su hermana y mamá estaban muy preocupadas por tal situación pues toda su familia siempre ha sido católica y de servicio al Señor, se entablaron muchas conversaciones con él, pero todo era inútil. Un fin de semana organizamos un retiro y dentro del programa de éste estaba la Hora Santa y la Eucaristía, la hermana de Prudencio asistiría y preguntó si podía ir su hermano –pues el retiro era para coordinadores de grupos y él no estaba en ninguno-, la respuesta fue que si, entonces Prudencio se preparó para asistir –pero con muchas reservas pues tenía sus compromisos con “amistad cristiana”; el retiro se desarrolló como estaba planeado pero de Prudencio ni pinta de cambiar su intención de separarse de la Iglesia –inclusive en la Hora Santa con aires burlescos decía ¿qué cosa es eso?-, llegó el momento de la celebración Eucarística y –aunque inquieto y desesperado por irse a su secta-, Prudencio se quedó a escuchar Misa –más por acompañar a su hermana que por devoción-, sin embargo al momento de la Comunión, tuvo enormes deseos de participar del Cuerpo y la Sangre del Señor -había escuchado en la homilía que quien come el Cuerpo y bebe la Sangre del Señor tiene Vida eterna y lo quería experimentar-, se acercó y recibió el Pan de Vida, al instante cayó de rodillas y comenzó a llorar, le pidió perdón a Dios –después se confesó y recibió la absolución-, y “se le abrieron los ojos” encontrándose con Cristo a quien tanto buscaba. Después de este acontecimiento, siguió perseverando en el grupo de oración, se incorporó al servicio pero se sentía incompleto, así que un día movido por el Espíritu Santo, renunció a su empleo donde ganaba buena cantidad de dinero y decidió irse a Estados Unidos por su familia, donde trabajó como indocumentado y enfermó, pero recuperó lo que había perdido: su fe y a su familia; años después regresó y hoy vive trabajando como abogado, está enfermo pero confía totalmente en Cristo y desde aquella vez en que experimentó la gracia de Jesús en la Eucaristía no lo ha abandonado, sigue perseverando con mucho esfuerzo, pero ha dejado atrás al hombre viejo con sus pecados, ambiciones, ataduras y vicios.

La Eucaristía, Efectivamente forma personas, cristianos, apóstoles y santos, porque la Eucaristía es Jesús el cual vive por los siglos de los siglos, ¡amén!.

 

 

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