|
PUEBLA, PUE.- Nueve seminaristas, en el marco de la fiesta de la Natividad de la Virgen María, recibieron el orden del Diaconado de manos del Arzobispo de Puebla, Monseñor Víctor Sánchez Espinosa, en la Basílica Catedral, acompañados por su Rector, el padre Felipe Pozos Lorenzini, su equipo formador, familiares, amigos y el presbiterio diocesano.
 En la celebración Eucarística, el rector del Seminario Palafoxiano, en el nombre de Dios, llamó a cada candidato y lo presentó al Señor Arzobispo, quien tras preguntar sobre su idoneidad, los aceptó para recibir este orden sagrado.
Durante su homilía, Monseñor Víctor explicó que, a lo largo de la historia de la Iglesia, siempre ha habido tres grados en el orden sacerdotal: el Diácono, que está al servicio de la pastoral del obispo, sobre todo de la pastoral de caridad; el Presbítero, que es fiel colaborador del Obispo; y el Obispo, que es sucesor de los apóstoles.
Señaló, que los tres grados necesitan de una ordenación, de una imposición de manos, que les comunique el Espíritu Santo. “Estos diáconos fortalecidos con el Espíritu, ayudarán al obispo y a su presbiterio en el anuncio de la palabra, en el servicio del altar y en el ministerio de la caridad, mostrándose servidores de todos”. También los exhortó a ejercer su ministerio de caridad en nombre del Obispo o del párroco, además a trabajar de tal modo, que los fieles reconozcan en ellos a los verdaderos discípulos de aquel que no vino a ser servido sino a servir, “El Señor les dio el ejemplo para que lo que Él hizo, también lo hagan ustedes. En su condición de diáconos, sirvan con amor y alegría tanto a Dios como a los hombres”.
Finalmente, los invitó a ser hombres de fe, esperanza y caridad, “Aliméntense de la palabra de Dios, para que puedan ser fieles servidores de esa palabra, y que en el último día puedan salir al encuentro del Señor y oír de Él estas palabras: ‘muy bien servidor bueno y fiel, entra a tomar parte en la alegría de tu Señor’”.
Antes de entrar en el orden de los diáconos, los seminaristas manifestaron ante sus hermanos, presbíteros, diáconos y la comunidad cristiana, su voluntad de recibir este ministerio. Prometieron obediencia al obispo y a sus sucesores, se postraron en el suelo, como signo de abandono, mientras el pueblo rezaba la letanía de todos los santos. Posteriormente, Monseñor Víctor impuso las manos sobre su cabeza donde imploró la venida del Espíritu Santo para que fueran consagrados diáconos. Fueron revestidos con la estola y la dalmática, y les entregaron los Santos Evangelios.
Fuente: koinonia.com .mx |